Hay momentos en que estás presente pero no estás del todo. Como si hubiera un cristal entre tú y lo que ocurre. Escuchas las palabras pero no las procesas. Ves tu propia vida desde lejos. Tu cuerpo está en la habitación pero una parte de ti parece haberse ido a otro sitio.
Si te suena, probablemente hayas experimentado alguna forma de disociación. Y si nunca has escuchado esa palabra, puede que lleves mucho tiempo intentando explicar algo que no sabías cómo nombrar.
Qué es la disociación
La disociación es una respuesta del sistema nervioso que consiste en desconectarse, parcial o completamente, de los pensamientos, emociones, sensaciones corporales o del entorno. Es una forma que tiene la mente de alejarse de algo que resulta demasiado intenso, abrumador o difícil de procesar.
No es una enfermedad ni un trastorno en sí misma. Es un mecanismo. Una respuesta automática que el sistema nervioso desarrolla, muchas veces desde muy pronto en la vida, para sobrevivir a situaciones que superaban la capacidad de gestión de la persona en ese momento.
El problema no es que ocurra. El problema es cuando se convierte en la respuesta por defecto, incluso cuando ya no hay ningún peligro real.
Por qué ocurre la disociación
La disociación ocurre porque el cerebro, ante una experiencia que percibe como amenazante o insoportable, activa un mecanismo de protección. En lugar de procesar lo que está pasando, se desconecta de ello.
Imagina que el sistema nervioso tiene un fusible. Cuando la corriente es demasiado alta, el fusible salta para proteger el circuito. La disociación es ese fusible.
Ocurre con más frecuencia en personas que han vivido situaciones de trauma, especialmente trauma temprano o repetido. Crecer en un entorno emocionalmente impredecible, haber vivido situaciones de negligencia, abuso o violencia, o haber experimentado pérdidas o cambios bruscos sin el apoyo adecuado, son contextos en los que la disociación se aprende como forma de supervivencia.
Pero también puede ocurrir en personas que han vivido situaciones puntuales muy intensas, o incluso en contextos de estrés crónico sostenido, aunque en estos casos suele ser menos intensa.
Cómo se manifiesta la disociación en el día a día
La disociación no siempre se ve como en las películas. No siempre implica perder horas de memoria o no reconocerse en el espejo. Muchas veces es mucho más sutil, y por eso muchas personas no la identifican como tal.
Algunas de las formas más comunes en que aparece son sentir que estás observando tu propia vida desde fuera, como si fueras un espectador, llegar a un sitio sin recordar el camino, quedarte en blanco en medio de una conversación especialmente tensa, sentir que tu cuerpo no es del todo tuyo o que tus manos o tu voz suenan extrañas, no recordar partes de conversaciones o situaciones que sí ocurrieron, sentirte emocionalmente anestesiada ante cosas que sabes que deberían afectarte, o desconectarte automáticamente cuando alguien se enfada o cuando hay conflicto.
Si te reconoces en alguna de estas situaciones, no significa que estés «loca» ni que algo esté gravemente mal. Significa que tu sistema nervioso aprendió a protegerte de una forma que ahora quizás ya no necesitas pero que sigue activándose de forma automática.
La disociación y el trauma
La disociación y el trauma están muy estrechamente relacionados. De hecho, la disociación es una de las respuestas más frecuentes ante el trauma, especialmente cuando este ocurrió en la infancia o de forma repetida.
Cuando un niño o una niña vive algo que supera su capacidad de gestión y no tiene a nadie a su lado que le ayude a regularlo, la disociación puede ser la única salida disponible. No es una elección consciente. Es lo que el sistema nervioso hace para proteger al organismo.
El problema es que esa respuesta, que fue adaptativa en su momento, puede seguir activa muchos años después. Y entonces la persona adulta se desconecta en situaciones que no representan ningún peligro real, simplemente porque el sistema nervioso detecta algo que se parece a lo que fue peligroso antes, aunque no lo sea.
Así es como el trauma vive en el presente. No como un recuerdo, sino como una respuesta automática que se activa antes de que uno pueda pensarlo.
Cuándo la disociación se convierte en un problema
Disociarse de vez en cuando, en situaciones de mucho estrés, es algo que le ocurre a casi todo el mundo. El problema aparece cuando la disociación es frecuente, intensa o interfiere de forma significativa en la vida cotidiana.
Cuando una persona se desconecta constantemente en sus relaciones y no puede estar presente de verdad, cuando pierde partes de su día o de sus conversaciones de forma regular, cuando siente que no habita su propio cuerpo, o cuando la desconexión emocional le impide sentir alegría, conexión o intimidad, entonces la disociación ha dejado de ser un mecanismo de protección útil y se ha convertido en algo que necesita ser atendido.
La buena noticia es que la disociación tiene tratamiento. Y ese tratamiento no pasa por forzarse a «estar presente» o a «controlarse», sino por trabajar con las raíces de por qué el sistema nervioso aprendió a desconectarse en primer lugar.
Cómo se trabaja la disociación en terapia
Trabajar la disociación en terapia requiere un enfoque especializado en trauma. No basta con hablar de lo que ocurrió. De hecho, en muchos casos hablar directamente del trauma sin la preparación adecuada puede activar más disociación, no menos.
El trabajo terapéutico con la disociación pasa primero por crear una base de seguridad. Aprender a reconocer las señales de desconexión antes de que ocurran, desarrollar recursos de regulación que ayuden al sistema nervioso a mantenerse presente, y construir poco a poco la capacidad de tolerar emociones y sensaciones sin necesidad de desconectarse.
Desde ahí, con esa base, se puede ir trabajando de forma gradual y respetuosa con las experiencias que están en el origen de la respuesta disociativa. Enfoques como el EMDR o el trabajo somático son especialmente útiles en este proceso, porque trabajan directamente con el sistema nervioso y no solo con la narrativa cognitiva.
Si te has reconocido en este artículo
Muchas personas que leen sobre disociación por primera vez sienten una mezcla de alivio y sorpresa. Alivio porque por fin hay un nombre para algo que llevan tiempo experimentando. Sorpresa porque no sabían que lo que les ocurría tenía que ver con el trauma o con su historia emocional.
Si es tu caso, quiero que sepas que no estás sola y que esto tiene solución. No una solución rápida ni mágica, pero sí real y profunda.
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